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Donald Trump y el rumbo incierto de los norteamericanos
2017-01-24
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El presidente Trump junto a su familia en la Toma de Posesión el 20 de enero de 2017 (Foto: El País)
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Comparte en: Instagram facebook email Por: Elizabeth Linder     4'    0     355     Te gustó?
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 Elizabeth Linder
Senior Advisor Kreab Londres

 Es el día de la Toma de Posesión en los Estados Unidos. Algunos norteamericanos despertaron con energía. Para ellos, hacer de los Estados Unidos Nuevamente un Gran País significa que un presidente diferente tome el Juramento del Cargo. Aún una mayor cantidad de norteamericanos despertaron con recelo. Para ellos, la esperanza y el cambio se han transformado en un “Trumpcalipsis” que los tiene decepcionados y nerviosos.

Para todos los norteamericanos, la Toma de Posesión merece la reflexión sobre lo que significa esta cuadragésima quinta presidencia y por qué nos despertamos sintiéndonos de la forma en que nos sentimos hoy sobre la transición de poder.

Tuve un comienzo temprano esa mañana, me uní al equipo en el estudio del programa de los Desayunos de la BBC en el Reino Unido. Como he manifestado sobre el día de la Toma de Posesión a lo largo del segmento, no pude evitar visualizar las tomas de posesiones anteriores en el contexto de aquel momento cuando en un avión se ha llegado a la altitud de crucero, la señal del cinturón de seguridad se ha desactivado, se puede rebuscar dispositivos electrónicos más grandes escondidos debajo del asiento delantero, y la voz del capitán nos da su actualización: el tiempo de llegada, el clima, los vientos, las palabras reconfortantes agradeciéndonos por viajar en una aerolínea en particular, y quizás un recordatorio de que la seguridad es la prioridad número uno del capitán y de la tripulación.

Algunas personas en ese avión no estarán del todo felices de estar a bordo: preferirían estar en casa con sus familias en vez de en otro viaje de negocios, o sufriendo mientras vuelan para asistir a un ser querido enfermo que vive demasiado lejos. Otros estarán encantados de ir a bordo: con excelentes ánimos para explorar un nuevo destino, despegando para celebrar una ocasión familiar especial, o quizás no pueden esperar para iniciar el nuevo trabajo de sus sueños en una ciudad que cautiva su imaginación. Pero durante el momento de esa consigna de altitud, la voz del capitán les recuerda a dónde van y así malhumorados u optimistas, gruñones o encantados, allí están.

Ese es el sentimiento sobre el día de la Toma de Posesión: una transición pacífica del poder, un sentido general de lo que pueda suceder a futuro, el rumbo del viaje. Si bien no somos los pilotos y no podemos necesariamente ver los matices de los controles en la cabina de mandos, somos pasajeros en un entorno familiar.

Este año es diferente. De ser el candidato Trump pasa a hacer el presidente Trump, nos despertamos esa mañana no necesariamente sabiendo si estaremos en un avión, tren o automóvil para llegar a nuestro destino final en los próximos cuatro años. De hecho, podríamos encontrarnos en un crucero o en un bote de remos, una caminadora o una ruta de senderismo, una caravana o un globo de aire caliente. 

Nosotros simplemente no sabemos. No tenemos ni la mínima idea. Leemos análisis de expertos y entrevistas, revisamos discursos viejos y seguimos contenidos de Twitter. Pero a donde vamos desde aquí no es como la altitud crucero de la que hablamos, el guion de alguna manera no existe, y así como pasajeros a bordo nuestros mapas son inútiles, nuestro intento para identificar la dirección de viaje desde el asiento central no es visible y, de repente, nos preguntamos si la seguridad es realmente la prioridad número uno del capitán y su tripulación. Ese sentimiento es exactamente lo que la presidencia de Donald Trump se ha propuesto hacer desde el principio: alterar el statu quo, desafiar las normas de la diplomacia política y la utilización de tácticas poco convencional como mecanismo para transmitir autenticidad. Nuestra altitud de crucero se encuentra en territorio desconocido.

Para los norteamericanos que votaron a favor de Trump, esta es precisamente la emoción de los próximos cuatro años venideros. Ellos no conocen el plan, pero creen que sea el que fuere no será "el mismo de siempre". Para los ciudadanos que no votaron por el republicano, esto es lo que hizo tan aterrador al día de la Posesión. Ellos no conocen el plan y creen que cualquiera que sea, no será lo suficientemente matizado o bien asesorado para ganar el lugar de los Estados Unidos como líder del mundo.

No obstante, existe la oportunidad en la incertidumbre. Estamos obligados a cambiar los lentes a través de los cuales hemos visto a este país en estos últimos ocho años. Y, al hacerlo, podríamos constatar algunos hechos que se han transformado anteriormente en los patrones de liderazgo mientras van cambiando frente a todos.

Donald Trump dirigió su campaña como un hombre de negocios intruso, lanzando su creencia al pueblo norteamericano de que lo que Estados Unidos necesita es un CEO —no un político— al máximo. La ceremonia de Toma de Posesión, sin embargo, es intrínsecamente un ritual de iniciación del sector público. Los CEOs no toman un Juramento del Cargo. Los presidentes sí. Hoy, por primera vez, los norteamericanos obtendrán una visión de Trump el “no-presidente” en un entorno muy presidencial. ¿Funcionará? ¿Es Donald capaz de transformar la labor del CEO a la labor presidencial? ¿Puede un gobierno operar como un negocio? ¿Cómo cambiarán las responsabilidades de las empresas y del gobierno en la presidencia de Trump?

En su entrevista publicada en el periódico The Times de Londres, el nuevo presidente dice, muy francamente: "No me gusta el concepto de los héroes". Al presidente Trump puede que no le guste este concepto, pero a los norteamericanos sí necesitamos héroes, reconocemos el valor de los héroes. Son ellos, ya sean fuertes o modestos, históricos o contemporáneos, hombres o mujeres, jóvenes o viejos, los que nos recuerdan lo que significa despertar cada día y hacer una diferencia en el mundo que nos rodea. Son los héroes quienes nos dan nuestro desafiante optimismo, quienes son los personajes de la literatura y el cine —Huck Finn de Missouri, Jo Marsh de Massachusetts, George Bailey de Nueva York, Susan Bradley de Ohio— quienes están tan profundamente arraigados en el carácter norteamericano que crecemos como ciudadanos en los Estados Unidos sabiendo que podemos ser exploradores y empresarios, líderes y hacedores de buenas acciones quienes realmente podemos cambiar el mundo para mejor.

Son nuestros héroes presidenciales quienes nos recuerdan que el “sueño americano” es más grande que una nación o un pueblo: es una idea, un concepto, una creencia secular en la libertad, la igualdad y la justicia. Viviendo en el extranjero durante estos últimos seis años, estoy especialmente consciente del héroe americano como parte de nuestro carácter nacional. Ni siquiera puedo contar el número de personas procedentes desde Kazajstán a Kinshasa quienes han advertido sobre el espíritu de "sí puedo" de los norteamericanos. "Es como crecer sabiendo que si quisieras cambiar el mundo, puedes hacerlo", dicen ellos. Esto es porque creemos en héroes. Y lo que es más importante, no creemos que se tiene que ser rico, famoso o bien conectado para ser un héroe. Como George Bailey, solo tienes que tomar las decisiones correctas para un propósito que es más grande que uno mismo.

La novela David Copperfield de Charles Dickens inicia con una frase inolvidable: “Si yo debo llegar a ser el héroe de mi propia vida, o si esa estación la llevará a cabo cualquier otra persona, estas páginas lo deben mostrar". A Donald Trump no le gusta el concepto de los héroes y, por lo tanto, se deduce que el presidente precisamente no quiere ser uno. Eso está bien. De hecho, dentro de todos sus defectos, la actitud Trump hacia los héroes podría ser una buena cosa. No queremos que él se vea a sí mismo como héroe de los Estados Unidos. Incluso sus más fervientes seguidores no quisieran. Ellos quieren que juegue un papel diferente: uno de alteración y cambio, uno del empresario que no deja que la política llegue a la Casa Blanca. Ellos simplemente quieren que siga siendo Trump.

Sin embargo, en la oficina de la presidencia, los héroes sí importan. Ellos son las personas que toman decisiones que salvan vidas, defienden nuestras libertades, nos recuerdan quiénes somos y qué representamos. Normalmente, el presidente adopta ese rol. Barack Obama patrocinó los mensajes de esperanza y de cambio aplicables para todos los estadounidenses. Ronald Reagan les recordó que mañana será siempre un mejor día en el país, porque eso es lo que somos. Pero dado que Donald Trump no quiere adornar el papel del presidente héroe —y nadie realmente quiere eso de todos modos— un nuevo conjunto de héroes surgirán alrededor de este habitante poco convencional de la Casa Blanca.

¿Este experimento funcionará, o fracasará? Me gustaría animar a todos a ver al presidente Trump no como el héroe o el anti-héroe de su propia historia presidencial. Asígnele un rol diferente. Enfóquese menos en el mismo Donald y más en los espacios alrededor de Donald de donde emergen los nuevos líderes y las ideas. En muchos sentidos, esto es liberador. Nos desbloquea para concentrarnos en las personas alrededor del personaje central de hoy quienes son capaces de unirnos y ponernos en un recorrido que es digno de nuestro lugar en el mundo.

En el arco de la historia del presidente Trump, la estación de héroe —para utilizar la frase de Dickens— no será llevada a cabo por Donald Trump, será sostenida por alguien más, o incluso más poderosamente, por muchos otros. Después de todo, el héroe en el Mago de Oz no es en realidad el Mago, es Dorothea Gale, de Kansas. Y más aún el inteligente Espantapájaros, el espléndidamente compasivo Hombre de Hojalata, y el valiente León. Pero, sin un Mago alrededor de quien enmarcar la historia, las Dorotheas, espantapájaros, hombres de hojalata y leones no cobrarían vida. La ausencia de un presidente-héroe no necesariamente significa la ausencia del heroísmo al estilo presidencial.

No sabemos quiénes serán los héroes de la historia norteamericana en los próximos cuatro años. Pero a partir de hoy, vamos a encontrarlos, rodeémonos de ellos y démosles una voz. Podrían estar en la puerta de a lado, podrían estar en Washington, podría —de hecho— ser usted. Para un presidente-CEO quien ha nombrado tanto como él mismo, tal vez la mayor ironía de su presidencia será que el rechazo al heroísmo del presidente Trump signifique que nuestra banca de liderazgo norteamericano fuera de la Oficina Oval será más fuerte, más robusta y más heroica que nunca antes. Y eso —a pedir prestado del vocabulario del mismo hombre— sería algo hermoso, fantástico, maravilloso. Sería enorme.


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