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La comunicación, el arte-ciencia de la seducción
2016-07-20
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FOTO: Shutterstock, editada por NUMBERS
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Comparte en: Instagram facebook email Por: Rodolfo Cabrera     5'    1     388     Te gustó?
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Rodolfo Cabrera

La comunicación,
¡qué desierto tan árido! ¡Y qué oasis tan dulce!
¡Qué ruido tan insoportable! ¡Y qué música tan embriagadora!
¡Qué ciencia tan seca! ¡Y qué arte! ¡Qué embrujo!
¡Qué estructura tan coherente! ¡Y qué incoherencia tan bella!
¡Qué sensatez tan paradójica! ¡Y qué desvarío tan lógico!
¡Qué cordura tan prosaica! ¡Y qué locura tan lírica!

La palabra, ¡qué dolor, qué tedio puede causar! ¡Y qué placeres provocar!

Las palabras son solamente torpes letras caóticamente concatenadas que rara vez logran traducir los suspiros de un corazón enamorado. La prosa nunca penetrará en las profundidades del sentimiento del hombre con la sutileza con que lo hace la poesía. Parecería imposible para las palabras capturar los susurros del corazón.

Sin embargo, Juan Luis Vives, aquel insigne humanista y filósofo de talla universal cuya estatua custodia el pórtico de la Biblioteca Nacional de España, sentenció hace ya más de cinco siglos aquella verdad del tamaño de una catedral que dice: “No hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre, que sus palabras”.

La palabra, en la comunicación, es solamente el envase en el que brindamos y damos de beber nuestras hipótesis, nuestro pensamiento y lo que sentimos. El experto expone lo que analiza, el filósofo dice lo que piensa y el poeta suspira lo que siente. El lector analizará, pensará o sentirá.

El don de la palabra, privilegio del humano, es solamente un talento, potencial puro, ni virtud ni pecado, ni bueno ni malo. Puede ser bueno o puede ser malo dependiendo de cómo lo utilicemos. Podemos utilizarlo para agobiar o para embriagar, para hartar o para hechizar, para desencantar o para enamorar, para dar muerte o para dar vida.

La comunicación que llega al corazón se llama seducción, es una intoxicación dionisíaca, un sacramento idílico, una eucaristía poética. La que llega a la razón se llama información y es más un ritual solemne y aséptico, una ceremonia desinfectada de placer, un ejercicio esterilizado de magia. La información es estoica, sombría y espartana; la seducción es sibarita, es sensual, es desenfreno.

La paradoja radica en que el científico dice lo mismo que el místico, el místico lo mismo que el filósofo y el filósofo lo mismo que el poeta; en definitiva, la ciencia lo mismo que el arte.

¿Cómo se explica, entonces, que el arte ingresa seduciendo corazones mientras que la ciencia penetra taladrando en las razones?

¡El ser humano no quiere pensar, quiere sentir! Solo cuando llegamos al sentimiento encendemos fuegos y provocamos consciencia. Eso explica que, diciendo lo mismo, Andrea Bocelli encienda corazones y el científico incendie razones.

La comunicación es solamente transmisión, y el uso de la palabra, que es consustancial e inmanente a la esencia de la raza humana, no es una ciencia árida y no es un arte sublime, es un arte y una ciencia.

Y, como en todo, hay una buena y una mala noticia; para ser fieles a la antigua usanza, comencemos con la mala.

Una persona de a pie utiliza cotidianamente alrededor de 300 palabras; una considerada culta, si acaso 500; el intelectual quizá 3.000 y se dice que el genio de Cervantes usó 8.000.

La buena noticia es que en la base de datos del banco que almacena el idioma español existen aproximadamente un millón y medio de palabras, de las cuales el Diccionario de la lengua española tiene alrededor de 280.000. Para hacerlo aún más simple, el Diccionario esencial de la lengua española, en el que se incluyen solo las palabras comunes a todos los países, tiene 50.000, y en el Diccionario del estudiante hay 30.000.

La mejor cena hecha con ingredientes mediocres sabrá a veneno en paladares refinados. El mejor vino envasado en botella de plástico se enranciará sin que nadie lo haya disfrutado. La idea más brillante, expuesta con palabras desacertadas, está destinada al cadalso, y su expositor, a la ignominia social.

Este concepto, aparentemente trivial y anodino en nuestras vidas, es efectivamente el de mayor importancia y trascendencia de nuestra existencia.

El ser humano es el único ser viviente que está consciente de estar consciente, y es el único que ha sido dotado del poder de la palabra. Las palabras son el maniquí de nuestras ideas, el envase de nuestra cosmovisión y la vitrina de nuestros pensamientos.

Hagamos buen uso de ella, profundicemos en su ciencia, que es de todos, para que el arte, que es de cada uno, aflore diáfano, sutil, embriagador. No informemos, comuniquemos; no hagamos pensar, hagamos sentir; no razonemos para convencer, seduzcamos para provocar convencimiento.

¡Que la ciencia común a todos se postre ante nuestro arte individual; que la prosa se incline ante la poesía y que nuestra cordura intelectual rinda pleitesía a nuestra locura artística!


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