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La pintura es inagotable
2016-07-07
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FOTO: cortesía de Carlos Rosero
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Comparte en: Instagram facebook email Por: Redacción de NUMBERS     5'    3     316     Te gustó?
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Se describe como un ser humano lleno de inquietudes, que gusta de observar, de reflexionar, de leer. Es el artista Carlos Rosero, considerado entre los diez pintores vivos más importantes de la pintura ecuatoriana.

Para Rosero la pintura es un recurso inagotable, un espacio gigantesco de oportunidades estéticas, de cosas que decir, “es un lenguaje fundamental y vigoroso que no ha perdido vigencia”, es una vía de comunicación.

Este artista, no muy disciplinado —así se define—, trabaja indistintamente, sin depender de un horario; un día soleado o una noche lluviosa pueden ser el momento adecuado para citarse frente a un lienzo. Producto de estas reuniones indeterminadas es su más reciente exposición, Transfiguras.

Su trabajo es una forma especial de reivindicar la pintura frente a las expresiones del arte contemporáneo, el mismo que “se ha encasillado y ha llegado a un estado de autismo, a un estado que se solaza para sí y no comparte con la gente”.

Sostiene esta premisa porque considera que la pintura —a la cual mira más que como un oficio como “una manera de ser” y a la que ama tanto como a su familia— sigue siendo un espacio de comunicación entre el arte y la cotidianeidad.

La desnudez femenina es la excusa para emprender la primera sección de esta exhibición, la misma que tiene como antecedente la serie Magma, expuesta en 2010. La intención es mostrar un cuerpo despojado de lo material y revelar y recordar la parte humana. “El tema de la desnudez sigue siendo un tabú, y creo que en el fondo está el miedo a mostrarnos en la plenitud de nuestra dimensión humana”, menciona.

En la segunda sección insinúa el grado de relación de ciertos objetos de la vida contemporánea —como el celular, el pasaporte, los fármacos, los vehículos— con el ser humano. Su obra se convierte en una voz sarcástica y crítica del poder a la que denominó Clips.

Esta composición entre el desnudo y la crítica en Transfiguras evolucionó de la mano de su hijo Pablo Rosero, artista multimedia, con el que logró un diálogo intergeneracional, “una alimentación mutua”. Pablo desarrolló una serie de serigrafías que Carlos utilizó para crear una figuración del cuerpo de la mujer.

Esta muestra es una parte de su amplia producción artística. Muchas de sus obras pertenecen a colecciones públicas en los museos de Ecuador, Argentina y Japón; y a colecciones privadas en Ecuador, Argentina, Francia, España, Holanda, Alemania, Venezuela, Perú, Hungría, México, Chile, etc.

El patrimonio material de Rosero es un testimonio y reflexión crítica de la realidad y del contexto en el cual creció y del que es parte en la actualidad. Por ello, en algunas de sus pinturas se pueden observar personajes quiteños de la época de los 70 y 80 conjugados con el desarrollo de la ciudad, explica Yomara, una de sus cinco hijos, quienes en su mayoría también son artistas.

Y luego de dialogar sobre la parte artística de su padre, Yomara se extiende desde su sentir personal: “Es una persona humanista, un luchador, jovial, de conocimientos muy amplios y de alta criticidad del mundo en el que vivimos”.

Su producción bordea las 3.000 obras, con una inclinación hacia la corriente de la Nueva Figuración en el Ecuador. Pese a que sus creaciones han estado en más de 70 exposiciones nacionales e internacionales, Rosero piensa que siempre queda algo por contar. “Soy un insatisfecho total; a veces me he resistido a exhibir con mucha frecuencia porque no estoy listo, prefiero tomarme más tiempo para hacer mis cosas. Eso es bueno y es malo, porque la confrontación con el público puede ser también un factor que te ayude a autoobservarte”.

UNA FORMA DE VIDA QUE APARECIÓ DE REPENTE
“El camino del arte no está tapizado con rosas, es un camino muy complejo y difícil; aun cuando hayan pasado los años sigue siendo difícil, porque se trata de evolucionar todo el tiempo y en todas las dimensiones”, precisa al ser preguntado sobre sus primeros pasos en el arte.

Desarrolló su carrera de forma autodidacta en su mayoría, después de estudiar Arquitectura, carrera que le dio una base sólida en algunos temas técnicos; pero “su curiosidad y observación en todos los campos le permitieron profundizar día a día en su arte”, añade Yomara.

El pintor, nacido en 1952, salió junto con sus padres de su tierra natal, Chone (Manabí); ahora reside en Quito y ha dedicado más de 40 años a una actividad que apareció de repente en su vida y de la cual no pudo escapar.

“Ser artista no es una cosa que estuve pensando, sino que de pronto se dio. No distingo con mucha claridad que me haya dicho a mí mismo: «Esto es lo que elijo hacer». Lo fui haciendo y, el rato menos pensado, ya estaba metido y era demasiado tarde”, bromea el ecuatoriano, merecedor de 20 premios nacionales e internacionales.

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Carlos Rosero ha recibido diferentes galardones, entre ellos la condecoración del Gobierno nacional “Al mérito nacional cultural” en 1996 y el primer Premio del Salón Mariano Aguilera en 1985


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